El juego de las promesas – por Alfredo Zaiat

La secuencia oficial es la siguiente: aparece un conflicto, sus protagonistas reciben como respuesta una reunión, mostrando así que se trata de un gobierno abierto dispuesto a resolver la situación, para culminar con el compromiso de encontrar respuestas. Quienes expresaron sus preocupaciones se van aliviados porque fueron escuchados y con la esperanza de que sus problemas serán abordados. Pero el saldo de esta reiterada estrategia de marketing de gestión de gobierno es la misma: nada. Ni los anuncios de medidas reparadoras ni las promesas de soluciones aparecen.

Así es con las cámaras empresarias, con representantes del mundo laboral y con los líderes de las organizaciones sociales. El disperso equipo económico dialoga con cada uno de los agentes económicos y sociales prometiendo que los atenderá en sus inquietudes.

En lo que va de la gestión de la Alianza macrismo-radicalismo, cada uno de los sectores que fue a plantear sus problemas (algunos en crisis, otros en tránsito hacia una) siempre recibieron como respuesta que se atenderán sus demandas.

A los empresarios que desfilaron por la Secretaría de Comercio angustiados por las importaciones les aseguraron que habría medidas de protección y financiamiento para cuidarlos. De esa forma se iban satisfechos porque eran escuchados por funcionarios que muestran la misma habilidad que el dueño de la calesita de la plaza mostrando la sortija a los niños. Saben ofrecer la esperanza en cada vuelta para finalmente ocultarla y quedarse con ella.

A los sindicatos también les prometen soluciones o los mantienen en línea con la política oficial reteniendo o liberando fondos que les corresponde de las obras sociales.

A los movimientos sociales les demora la implementación de la Ley de Emergencia Social y, sólo después de una serie de marchas y protestas callejeras, el gobierno se comprometió a liberar los fondos. Por ahora es una promesa más.

Una de las principales tareas de los principales funcionarios de la fragmentada área económica es convencer a empresarios, sindicalistas y a la población en general de que lo que están viviendo no es cierto. Que no hay un aluvión de importaciones que desplazan a la producción nacional; que no existe una pérdida neta de empleos; que la economía no sigue en recesión; que la tasa de inflación está descendiendo; que el salario real está subiendo; que no hay atraso cambiario; que el déficit fiscal está disminuyendo; que el tarifazo en la luz, gas, agua, peajes y transporte no es tan fuerte.

Esta misión de alterar la interpretación de la evolución de la economía naufragaría rápidamente si no contaran con dos factores que facilitan la construcción de ese relato ficcional. Uno es el inmenso dispositivo de propaganda público-privado que distrae la atención acerca del acelerado deterioro del bienestar generar. El otro es la alimentación del miedo del regreso del “populismo”, fantasma que expresan también empresarios nacionales y sindicalistas que tienen incorporada una concepción económica conservadora-ortodoxa que está correlacionada con su acción política.