Pobreza

Las metodologías para elaborar indicadores estadísticos son discutibles y tiene la complejidad de los debates acerca de cuestiones técnicas. La meta de la estadística es lograr acuerdos para que la parte (indicador) diga algo relevante acerca del todo. En ese sentido, vale contextualizar que la canasta elaborada por el Indec de Macri para medir la cantidad de pobres es casi el doble de exigente que la del promedio de América latina. La intencionalidad política de los cambios para alcanzar determinados resultados es más fácil de abordar porque la empiezan a revelar los propios interesados. Funcionarios y voceros oficialistas salieron rápido a interpretar las nuevas cifras de pobreza con un mismo libreto: el ciclo político del kirchnerismo dejó una cantidad enorme de pobres y las políticas sociales como la Asignación Universal por Hijo no sirven para reducir la pobreza.

Cada país define quién es pobre de acuerdo a la canasta que determina. La sobreestimación de la canasta que define la línea de pobreza puede derivar en análisis que pueden desembocar en confusión, como también la reestimación de niveles de pobreza a partir de la metodología actual del Indec. Si Bolivia la calculara igual que Argentina, el porcentaje de la población boliviana que no alcanzaría el umbral de ingresos mínimo para no ser pobre sería de 50,1 por ciento, cuando los datos oficiales informan que es de 32,7 por ciento en 2014, según la Cepal. Es necesario realizar la homogeneización de las canastas para no llegar a conclusiones distorsionadas

La canasta del Indec equivale a unos 8,4 dólares paridad de poder adquisitivo (PPA, cálculo que elimina el componente del valor del dólar corriente, y de esa forma neutraliza la réplica “estamos caros en dólares”) ) por persona por día. Con la renovada metodología del Indec, las líneas de pobreza e indigencia son las más exigentes de la región. Como se mencionó al comienzo, es casi el doble que la del promedio de América latina y por ejemplo 120 por ciento más exigente que la de Chile, que reporta oficialmente 8 por ciento de pobres. En otros términos, dos personas que consumen lo mismo, el que vive en Argentina es pobre y el que vive en Chile, no. De otro modo, si el Indec midiese la pobreza con la metodología de otros países de la región, el saldo sería menos pobres que el 32,2 por ciento. O si Chile la midiese como Argentina, la cantidad de pobres no sería el 8,0 sino del 27,9 por ciento de la población.
Un argumento para explicar esa diferencia es que el valor de la canasta es más elevado porque Argentina es un país más rico que la mayoría de la región, y por ese motivo aplica una línea de pobreza más elevada. La canasta argentina es la más abarcativa –por eso es la más cara– y trata de reunir requisitos nutricionales con hábitos de consumo (el Indec incorporó cerveza y vino, como también mayonesa, pollo, dulce de leche, pescado, entre otros). Si se aplicara la canasta que utiliza el departamento de estadísticas de Estados Unidos (equivalente a unos 24 mil pesos) para una familia tipo, Argentina tendría un 50 por ciento de pobres. Estados Unidos registra un 14 por ciento de pobres. A la inversa, Estados Unidos tendría 3,3 por ciento de pobres. El umbral de pobreza en Estados Unidos es más elevado porque es un país más rico. Para comparar hay que homogeneizar las canastas, y en ese ejercicio Argentina no se ubica con los niveles de pobreza más elevados de América latina.

La evolución del índice de pobreza, más allá de la controversia acerca de los números, de las conducciones políticas del Indec y de las estimaciones privadas, revela que había una tendencia decreciente durante el ciclo político del kirchnerismo con amplias políticas sociales (AUH, universalización de las jubilaciones) y que en el comienzo del gobierno de Mauricio Macri se ha producido un cambio de rumbo con un salto importante en la cantidad de pobres.