Salarios 2017 – por Alfredo Zaiat

 

La mayoría de los consultores de la city va camino a reiterar en este año el fracaso de sus pronósticos 2016. Habían asegurado que la economía iba a crecer, que la inflación no sería tan elevada y que se reduciría el desequilibrio de las cuentas públicas, entre otros errores de predicción. Si se recorre la línea argumental de esa secta de economistas acerca de la evolución económica 2017 sólo hay que esperar otro año de ajuste. Este será maquillado por el inmenso dispositivo de propaganda público-privado que se dedicará a difundir variaciones positivas de indicadores que, en caso de registrarse, serán consecuencia de la ilusión estadística de compararlos contra niveles muy deprimidos de 2016.

Dicen que los salarios le están ganando a la inflación mientras el consumo general continúa retrocediendo; que para bajar la inflación tienen que subir algunos precios en la definición más chapucera de todas; que aparecen brotes verdes donde no los hay; que la producción agropecuaria será record sin evaluar el impacto en la cosecha de la inundación y la sequía; que la obra pública ya arrancó cuando todavía no hay indicio de que haya sucedido; que el dinero del blanqueo se volcará en compras de inmuebles y de títulos públicos; qué disminuirá el déficit fiscal cuando el descalabro de las cuentas se profundiza y que las exportaciones se recuperarán con el esperado repunte de la economía brasileña que sigue en recesión.

Con una meta de inflación del 17 por ciento definida en el Presupuesto que a poco de empezar el año ya se ha convertido en un dibujo y con la pretensión oficial de condicionar las paritarias con un techo del 20 por ciento anual, el consumo global, la variable clave del crecimiento de la economía, seguirá siendo castigado. El esquema básico de razonamiento de economistas oficialistas es el siguiente: el dólar subirá menos que la inflación y los salarios más porque así sucedió en los últimos años impares, cuando hubo elecciones generales porque esa ha sido la estrategia del oficialismo para ganar. Es un análisis repetido por muchos pero es una reflexión extraña porque los resultados de tres de los últimos cuatro comicios no fue satisfactorio para la fuerza política que estaba gobernando (la excepción fue el 2011 con el triunfo arrollador de CFK por factores políticos más que económicas).

Para que el salario crezca en dólares y además supere la evolución de la tasa de inflación, como lo logró el kirchnerismo en esos años, tiene que haber una hoja de ruta que facilite ese tránsito. El atraso del tipo de cambio es lo más probable por el festival de emisión de deuda que lidera el secretario de Finanzas con rango de ministro, Luis Caputo, y por el ingresos de los dólares del blanqueo. Sin embargo no está tan claro que el salario le gane a la inflación. No hay señales ni del gobierno, que dejó trascender cuál es el techo que pretende para las paritarias (20 por ciento), ni del mundo empresario de que vaya a suceder ese circuito virtuoso que era promovido por el kirchnerismo. En un 2016 con rentabilidades en baja para la mayoría de las actividades mano de obra intensiva, con excepción del financiero, cuál será la motivación microeconómica de la mayoría de las empresas de incrementar sus costos en 2017 con aumentos salariales por encima de la inflación prevista. Es un interrogante que eluden abordar los vendedores de informes económicos de coyuntura.

El dato clave igualmente no será la cifra de cierre de paritarias, sino la masa salarial que alimenta la demanda global. El último informe de FIDE es ilustrativo de las restricciones de la actual política económica. Señala que la reactivación del consumo constituye la condición necesaria para impulsar la actividad económica y explica que para que tenga un impacto difundido se requiere de la recomposición de la masa salarial general de la economía, en especial de los sectores medio y bajo que tienen una mayor propensión al consumo. Advierte de todos modos que la eventual mejora del salario real actuará en el margen porque la masa salarial global no aumentaría y, por lo tanto, no podrá impulsar el consumo porque predomina un contexto económico de disminución de la ocupación. Menos trabajadores activos implican una menor masa salarial o en el mejor de los casos se podrá mantenerla en los actuales niveles deprimidos si, con aumento del desempleo, quienes preserven el puesto pueden mejorar su ingreso real.  Dado que la tercera parte de los trabajadores se desenvuelve en la informalidad, la ampliación de la masa salarial trasciende la negociación paritaria y por lo tanto requiere de políticas públicas de ingresos que contribuyan a reforzar la capacidad de gasto de los tramos de menores ingresos. Esa política hoy no está presente lo que adelanta otro año de retroceso de los ingresos globales de los trabajadores.